La Ruleta Rusa

Podría argumentarse que la ruleta rusa es un juego de azar razonable. Después de todo, las apuestas son altas y el jugador que gana puede embolsarse, sin más esfuerzo que apretar un gatillo, cantidades astronómicas. Y, si se piensa bien, las posibilidades de ganar son muy altas: nada menos que del ochenta por ciento para un revólver de cinco balas. Poco cuesta imaginarse un panfleto de propaganda promocionando el juego que rece así: «La inmensa mayoría de los jugadores que prueban vuelve a casa con millones, y solo hay que lamentar desgracias en un pequeño porcentaje de los casos». Caramba, no tan pequeño, argumentará alguien. Después de todo, 20 % es un caso de cada cinco. Pero es probabilidad nos parecería muy aceptable si, en lugar de llevarnos un tiro en la sien, la consecuencia fuera, digamos, un buen bofetón. ¿Quién no arriesgaría un sopapo por llevarse una cartera llena de billetes?

Cuando evaluamos riesgos, hay siempre dos componentes. La probabilidad de que el dado arroje un resultado «negativo» (es decir, que nos toque la bala en el revólver) y la consecuencia de ese resultado negativo (no es lo mismo un tiro que una bofetada). Esa es la razón por la que mucha gente tiene miedo a volar en avión, o a las centrales nucleares: en ambos casos, el riesgo de accidente es muy pequeño, pero las consecuencias, en caso de que se dé, son muy grandes. En el otro extremo de la balanza, nadie pierde el sueño por un catarro: está casi garantizado que vamos a coger al menos uno al año, pero la cosa no pasa de moquear un par de días. Mientras escribimos estas líneas, el día de Reyes del año 2022, sabemos que la variante ómicron del infausto SARS-CoV-2, se está expandiendo en todo el mundo y en particular en España.

La velocidad de subida de la curva (que ya predijimos) es todo lo espectacular que puede esperarse del comportamiento exponencial al que el coronavirus nos ha acostumbrado, solo que esta vez estamos batiendo todos los récords. Las cifras oficiales de contagios están al nivel de los 150 000 al día; y sin duda subestiman los casos, dado el alto número de asintomáticos y de autotest. Algo inevitable, por otra parte, ya que la atención primaria está colapsada, muchos ciudadanos optan por el test de antígenos y, en caso de resultar positivos, pasan la enfermedad en casa, sin notificarla a un sistema saturado. La realidad es que la cifra de contagios real probablemente se acerque al medio millón al día. ¿Qué medidas se han tomado? En la práctica, al margen de la campaña de vacunación, ninguna, con unas pocas excepciones (Cataluña es una de las pocas comunidades que intenta aplicar restricciones razonablemente severas).

En cuanto a la tercera dosis, ya avisamos de que se podría haber ido más rápido y, como ya es de rigor, nos ha tocado el rol de Casandra en un país que no escarmienta. Con la tercera dosis hemos asistido al mismo espectáculo que ya nos ofrecieron algunos «expertos» y no pocos medios con las mascarillas: durante meses no hacían falta, luego resultaron ser la medida más eficaz de todas (vacuna aparte) para protegerse del virus. También, durante semanas, hemos leído y escuchado doctas opiniones que ninguneaban la tercera dosis (a pesar de las evidencias de que funcionaba en Israel, por ejemplo), hasta que de repente, ya sí que sí. Tarde, claro. Como siempre. Eso sí, se ha aprobado la medida más peregrina del mundo. Si algo sabemos todos, a día de hoy, es que el virus se contagia primordialmente por el aire, en forma de aerosoles. Que ese contagio se da, sobre todo, en espacios cerrados que permiten a los aerosoles sobrevivir en suspensión.

A estas alturas todos sabemos que el virus se propaga en los espacios cerrados de restaurantes, bares y discotecas; mucho menos en las terrazas de esos mismos restaurantes y bares; poco en piscinas y centros deportivos (donde, que sepamos, no se han dado aún macrobrotes); y casi nada, en términos prácticos, al aire libre, a menos de que se trate de aglomeraciones sin distancia interpersonal. De ahí que imponer de nuevo la mascarilla de forma genérica en espacios abiertos sea una medida inútil, injustificada y que demuestra, sobre todo, la falta de consideración de los gobernantes hacia los ciudadanos. Lo malo no es ya que no les preocupe nuestro bienestar, sino que nos tomen por tontos. Por otra parte, en estas Navidades no se han suspendido fiestas (ni siquiera las uvas en Sol), y en muchas comunidades no se ha impuesto ningún tipo de restricción a las celebraciones. El argumento que se esgrime es que la ómicron es menos dañina que otras variantes (lo que sabemos seguro es que afecta menos letalmente a los vacunados, que no es lo mismo), y por tanto no vale la pena perjudicar la economía para intentar contenerla.

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