El fútbol mexicano vive una realidad alarmante: cada vez menos jugadores logran consolidarse en las ligas top de Europa, mientras que la mayoría encuentra su destino en competiciones formativas o de menor renombre como Bélgica, Países Bajos o Portugal. El reciente fichaje de César Huerta por el Anderlecht de Bélgica es un ejemplo de esta tendencia. Aunque jugar en Europa sigue siendo el sueño de muchos futbolistas mexicanos, el salto directo a las grandes ligas como Inglaterra, España, Italia o Alemania parece más complicado que nunca. Tras su paso por los Pumas de la UNAM, César Huerta se unirá al Anderlecht, convirtiéndose en el quinto mexicano en jugar en Bélgica. Antes de él, figuras como Carlos Hermosillo, Guillermo Ochoa, Gerardo Arteaga y Jorge Ruvalcaba probaron suerte en esta liga, considerada una plataforma de desarrollo en Europa. El objetivo de Huerta será destacar en el fútbol belga y atraer la atención de clubes de mayor nivel, como ya lo han intentado otros mexicanos que llegaron a ligas menores antes de dar el salto a competiciones top.
Sin embargo, esta ruta no siempre garantiza éxito. ¿Por qué menos mexicanos llegan a ligas top? Altos precios de salida: Los clubes mexicanos suelen tasar a sus jugadores en cifras poco accesibles para los equipos europeos. Falta de exportación temprana: Los talentos mexicanos suelen debutar tarde en Europa, perdiendo años clave de desarrollo en ligas formativas. Competencia internacional: El mercado sudamericano sigue siendo más atractivo para los equipos europeos debido a la relación precio-calidad de sus jugadores. José Juan Macías, César Montes y Orbelín Pineda llegaron a LaLiga (España). Johan Vázquez y Guillermo Ochoa firmaron con clubes de la Serie A (Italia). Raúl Jiménez y Santi Giménez (Inglaterra). El resto está disperso en competiciones consideradas “de desarrollo” como Portugal, Rusia, Escocia y ahora Bélgica. América busca el tetracampeonato con Cabecita Rodríguez y Quiñones, ¿regresarán? ¿Es Bélgica el trampolín adecuado? El fichaje de César Huerta por el Anderlecht ha despertado opiniones divididas. Por un lado, jugar en Bélgica ofrece visibilidad en competiciones europeas como la UEFA Europa League, pero también implica un desafío para ganar el reconocimiento necesario que lo catapulte a una liga más competitiva. Casos como el de Gerardo Arteaga, quien juega en el Genk belga, demuestran que destacar en estas ligas no siempre garantiza un salto a las grandes competiciones. Sin embargo, Bélgica sigue siendo una opción viable para jugadores jóvenes en busca de experiencia internacional. ¿Qué debe cambiar en el fútbol mexicano? Reducir los costos de transferencia: Facilitar la salida de jóvenes talentos con precios accesibles. Formación temprana: Enviar a jugadores a academias europeas desde una edad temprana. Exposición internacional: Aumentar la participación de clubes mexicanos en torneos internacionales para dar mayor visibilidad a sus jugadores.
Todo sobre las pin-ups. Desde antes de la Segunda Guerra Mundial, cuando alcanzaron un éxito inesperado, tuvieron usos y significados diferentes. Durante la Segunda Guerra Mundial, las ilustraciones de chicas pin-up -mujeres con poca ropa y actitud pícara- eran tan populares que hasta los bombarderos estadounidenses llevaban una en el frente del fuselaje. En trajes de baño o ropa militar, con camisas atadas a la cintura o polleras al viento, y hasta en ropa interior, estas imágenes sensuales y a la vez ingenuas adornaban también los talleres de autos y las tiendas de campaña. “Era una época en que las mujeres tenían más y mostraban menos”, apunta Dian Hanson, editora de la colección Sexy Arts de Taschen, en The Art of Pin-up, un libro que ella compiló y que acaba de lanzar la editorial con un recuento histórico y capítulos dedicados a los diez autores más destacados del género, entre ellos, Gil Elvgren, George Petty y el peruano Alberto Vargas.
Si bien el término pin-up -”fijar con tachuelas”- se acuñó en 1941, las primeras creaciones de este tipo aparecieron hacia 1886 en revistas francesas, de la mano de Jules Chéret -conocido como el padre del póster moderno-, y en 1895, en los Estados Unidos. Entonces, Charles Dana, un dibujante de la revista Life, creó a la Gibson Girl, una fémina desenvuelta que encarnaba el espíritu de la nueva mujer que estaba naciendo. Dana la delineó jugando al tenis o andando a caballo o en bici. Eran los años dorados de la ilustración. La bicicleta había sido la gran conquista femenina -una mujer ya no necesitaba de un hombre para ir de un lugar a otro- y la lucha por el sufragio femenino en los EE.UU. Los vestidos y corsets fueron reemplazados por ropa más cómoda y también más reveladora, que marcaba, por ejemplo, las piernas, antes ocultas bajo capas de tela. “Al intentar ganarse un lugar en un mundo de hombres, las mujeres los liberaron para que estos las miraran y las apreciaran de una forma más apasionante”, escribe Hanson.
Paradójicamente, las pin-ups, símbolos sexuales creados desde el punto de vista masculino -sin connotación pornógrafica: su sex-appeal es natural y su lencería suele quedar expuesta por accidente- son una representación del feminismo, al haber animado a las mujeres a liberarse de las normas impuestas. Actualmente, según académicas como Maria Elena Buszek, de la Universidad de Colorado, se las considera “una reivindicación de la sexualidad femenina”. La imagen de estas chicas -que aparecían en situaciones domésticas, aunque siempre con cierto descaro- se utilizó para reclutar soldados en la Primera Guerra Mundial, cuando el concepto de propaganda, para exaltar el patriotismo o atacar al enemigo, se había establecido. “Caramba. Ojalá fuera un hombre, me uniría a la Armada”, decía una pin-up vestida como marinera. “Sé un hombre y hazlo”, concluía. Posters por el estilo se clavaban en las paredes. A lo largo del tiempo, las pin-ups han tenido diferentes propósitos. En la Segunda Guerra levantaban la moral de las tropas.