Ignacio Lagarda, cronista municipal, comentó que la capital sonorense tiene pocas historias de este tipo, aunque la mayoría son muy conocidas. HERMOSILLO, Sonora.- Todas las escuelas de Hermosillo se construyeron sobre un panteón. En las noches se aparece el sapo toro en Villa de Seris. Entre Catedral y la Capilla del Carmen hay túneles subterráneos que un obispo mandó construir. Estas son algunas de las leyendas más conocidas de la ciudad que, aunque son falsas o tienen poca base de verdad, son importantes para la memoria colectiva, señaló el historiador y cronista de Hermosillo, Ignacio Lagarda Lagarda. Dijo que la capital sonorense tiene pocas historias de este tipo en comparación con otras ciudades del País, pero que están arraigadas en la cultura popular, desde la leyenda del ‘Casino del diablo’ hasta el culto al niño Carlitos del panteón Yáñez. “No podemos vivir sin las leyendas y sin las fantasías en ninguna sociedad, y tenemos que seguirlas promoviendo y diciendo que sí existen, que se nos aparecen los fantasmas y nuestros antepasados”, comentó.
El también escritor destacó que muchas de estas historias fueron creadas como una forma de entretener a los niños, de ayudarles a desarrollar la imaginación y, especialmente, para ayudar a escapar un poco de la realidad. Si vivimos de pura realidad, sufrimos mucho, este es un ejemplo, ¿cómo estamos sufriendo con esta realidad tan brutal que es la pandemia? La realidad es dura y tenemos que inventarnos historias para hacernos felices y fugarnos”, expresó. La leyenda del centro de fiestas del Country Club de mediados del siglo pasado es la más famosa de Hermosillo, refirió el cronista, si bien es sólo eso: Una leyenda que nunca se ha comprobado. Surgió tras el baile de Año Nuevo de 1950 y la protagonista fue una joven llamada Linda que escapó de su casa para ir al evento. “Era impactante su belleza y de pronto se aparece un hombre guapísimo, elegantemente vestido, irresistible para las muchachas. Él la sacó a bailar, ella sintió que algo raro sucedía, quemaba la piel, empezó a oler mucho a azufre, y volteó a los pies y vio que tenía para te gallo y de cabra, que son las patas del diablo”.
Lo que siguió, cuenta la leyenda, fue un escándalo, un terror para todos los presentes, y cuando todo volvió a la calma, el hombre guapo había desaparecido. “Esa es la aparición del ‘Casino del diablo’, ya nadie volvió a ir nunca más y quedó abandonado, no hubo más fiestas porque nadie quería ir por el miedo. Está abandonado el edificio, yo fui y todo se percibe, menos que haya ahí algún fantasma”, aseguró el historiador. En el edificio que hoy ocupa Radio Sonora, en el Centro de la ciudad, vivió y murió el conde García, conocido por casarse con la hija de un hombre millonario de la ciudad. Al conde lo encontraron muerto en la alberca del patio central de la casa, y con el tiempo comenzó a decirse que su fantasma rondaba en el lugar, una historia que perdura hasta la actualidad. Los empleados de Radio Sonora juran y perjuran que les ha tocado escuchar ruidos, pasos, tazas, sillas que se mueven”, señaló Lagarda Lagarda. En Hermosillo hay pocas tumbas más famosas que la de Carlitos, un niño que falleció tras accidentarse afuera del Mercado Municipal, en 1940, mientras estrenaba sus patines. Según el cronista, el impacto de la tragedia fue tan grande para la mamá de Carlitos que no pudo ir a despedirse de su hijo en su sepulcro, y el padre mandó a hacer un pequeño ataúd encima de la lápida. Ahí empezó la leyenda de Carlitos. “La gente empezó a rendirle culto a este niño muerto, pidiéndole favores, y lo sigue haciendo, sobre todo para los niños”, comentó, “la gente le lleva regalos, juguetitos y cositas, es el culto a ese niño”. Maternidad Teresita, en la colonia Pitic, fue uno de los hospitales de Ginecología más conocidos de su época. Ahí nacieron muchos niños y cuando el lugar cerró, dijo el cronista, todo quedó intacto durante muchos años: Camas, quirófanos, instrumentos.
Todo sobre las pin-ups. Desde antes de la Segunda Guerra Mundial, cuando alcanzaron un éxito inesperado, tuvieron usos y significados diferentes. Durante la Segunda Guerra Mundial, las ilustraciones de chicas pin-up -mujeres con poca ropa y actitud pícara- eran tan populares que hasta los bombarderos estadounidenses llevaban una en el frente del fuselaje. En trajes de baño o ropa militar, con camisas atadas a la cintura o polleras al viento, y hasta en ropa interior, estas imágenes sensuales y a la vez ingenuas adornaban también los talleres de autos y las tiendas de campaña. “Era una época en que las mujeres tenían más y mostraban menos”, apunta Dian Hanson, editora de la colección Sexy Arts de Taschen, en The Art of Pin-up, un libro que ella compiló y que acaba de lanzar la editorial con un recuento histórico y capítulos dedicados a los diez autores más destacados del género, entre ellos, Gil Elvgren, George Petty y el peruano Alberto Vargas.